El cacao una nueva esperanza en “La Bendición de Dios”
A sus 63 años, Martha Pérez Omier ha encontrado en el cacao una segunda oportunidad para transformar su vida. Junto a su esposo Juan Torres Medina, ambos trabajan con dedicación en su finca “La Bendición de Dios”, ubicada en la comunidad de Santa Klara, municipio de territorio indigena Wangky Twi Tasba Raya, municipio de Waspán. En esta tierra fértil, el cacao no sólo ha echado raíces, sino que también ha plantado esperanza para ellos y su comunidad.
Hace ocho años, cuando sembraron 850 plantas de cacao híbrido, no obtuvieron los resultados esperados debido a la falta de manejo técnico adecuado. Sin embargo, su espíritu no se quebrantó. Gracias al proyecto NICACAO, recibieron la solución que necesitaban: poda e injertación. “Pensábamos que habíamos perdido los árboles, pero nos dieron esperanza al decirnos que los iban a injertar”, comparte Martha con una sonrisa.
La finca “La Bendición de Dios” ha sido descrita como un paraíso natural, con un río cercano y una biodiversidad que asombra a todos los que la visitan. Amigos y hermanos en la fe que llegan desde el Pacífico de Nicaragua elogian la belleza y abundancia de sus cultivos. Para Martha, mientras el cacao comienza a producir, los demás cultivos proporcionan ingresos y alimentos para su familia. “Dios bendiga al cacao y a todos ustedes por apoyarnos”, expresa con gratitud.
El apoyo técnico ha sido clave en su éxito actual. Martha recuerda con tristeza que, en el pasado, perdió 900 plantas de tomate debido a la falta de asesoría. Hoy, el técnico de NICACAO, José Orlando Gómez, los acompaña en cada paso del proceso, brindándoles apoyo constante. «El técnico siempre está con nosotros, incluso por teléfono, enviándonos videos y animándonos», comenta Martha.
Además de su dedicación a la agricultura, Martha, como pastora (en la fe), muestra un profundo compromiso con su comunidad. Apoya a jóvenes en situación de riesgo, ofreciéndoles trabajo, alimentación y albergue en su finca, donde les enseña valores y les da la oportunidad de cambiar sus vidas. “Me ayudan a regar las plantas, especialmente durante el intenso verano, y yo les ofrezco una oportunidad de salir adelante”, explica Martha.
Con fe y perseverancia, Martha está convencida de que el cacao puede transformar no sólo su vida, sino también la de futuras generaciones. “Espero que Dios dé sabiduría a más familias para que puedan ingresar a este programa. El cacao es una esperanza para mejorar la vida de todos”, concluye.










